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Por el Lcdo. Jaime Sanabria (ECIJA SBGB)
«Por sus obras los conoceréis», aunque alguna traducción, alguna exégesis, aluda a «por sus frutos...», dicha cita – atribuida a Jesús – la saco del evangelio de Mateo, uno de los cuatro evangelios canónicos escogidos por Constantino para institucionalizar, primero, el cristianismo, y perpetuarlo después, con los años, con los papas, con la canonización de los santos de todo el orbe.
Algunas personas escogidas por el dios de la lucidez dejan sus obras y frutos en la Tierra. Y algunos de nosotros las admiramos por su capacidad de oratoria, por su voz escrita, por su lenguaje corporal y por su desenvolvimiento con los demás, mientras también destilan un perfume a verdad, a elocuencia, a claridad, a argumentación ética y estética, a comprensión.
Deben de haber pasado casi treinta años ... Estaba yo en las primeras etapas de mi carrera, como abogado en ciernes, absorbiendo conocimientos, cuando tuve el privilegio de acudir a una vista oral en la que don Rafael Escalera Rodríguez argumentaba un caso ante el Primer Circuito de Boston. Recuerdo su oratoria calmada, profunda, persuasiva y convincente. También respetuosa.
Una argumentación tan bien hilvanada, que condujo a un todo jurídico, que ese mismo día deseé parecerme, ser, obrar como él, en lo profesional y también en lo personal, en un futuro que proyectaba revestido del idealismo propio de quienes, en aquel entonces, todavía no nos habíamos visto azotados por las aguas bravas de la vida.
Aún lo deseo, aún aspiro a igualar su templanza, su condición de hombre del Renacimiento, de polímata, de conocedor de la afinación de los instrumentos que interpretan la partitura de la existencia para que suene armoniosa. Sigo admirando su clarividencia expositiva, su erudición, su capacidad para entresacar de la vastedad de lo general, la especificidad de lo particular.
No es frecuente, en este mundo de envidias pueriles, de celos indisimulados, de personalismos incoherentes, de yoísmos exacerbados, donde el yo, mí, me, conmigo, que sirven como banda sonora vital de demasiados, que un colega manifieste su admiración por otro.
Pues he aquí uno: yo mismo, sin rubor, sin presumir de concesivo, manteniendo una admiración larvada – y no tanto – hacia su figura durante todas estas décadas. Aquel joven idealista que pretendía convertirse en un abogado igual de digno e íntegro que don Rafael, ha crecido hacia su interior y ha sido tras una lectura de un artículo suyo en El Nuevo Día, uno más, que me ha motivado a rendir un homenaje escrito y público a alguien que ha dignificado su profesión y la mía.
El aludido artículo de don Rafael, «Un príncipe danés», me pareció más, mucho más que una revisión psicológica de Hamlet, muy abordada en la historia de la crítica literaria, algo que expresa el propio autor.
La visión de don Rafael conduce al personaje al concepto de la trascendencia, que no es otro que la percepción de insignificancia de cada uno de nosotros, no sin esbozar un recorrido por otros personajes literarios que encarnan lo universal de algunos de los mitos que nos han dado sentido como sapiens preponderantes, capaces de extendernos como especie dominante, sin competencia alguna.
Mitos y lenguaje, como viene simplificando Yuval Noah Harari en sus libros, quizá los dos ejes principales que nos han significado como homo conquistador de cualquiera de los ecosistemas del planeta que nos acoge.
Pero regreso a don Rafael, y a su análisis de un Hamlet que debe aceptarse a sí mismo como se percibe y no como lo hacen los demás, ese dilema que nos sacude a todos en demasiadas ocasiones y que se resuelve con que la auto aceptación es el primer paso para la aceptación ajena.
En su condición de columnista de El Nuevo Día, el licenciado Escalera Rodríguez ha abordado temáticas dispares, consecuentes con su militancia en numerosos campos del saber. Sin irnos demasiado atrás en el tiempo, don Rafael ha abordado temas sobre el arte como fuente de conocimiento y capacidad de análisis, la música de Beethoven como levitación espiritual, el aliento hacia los nuevos universitarios, sin rehuir adentrarse en la Constitución de EE.UU. y otros temas desde un punto de vista estrictamente jurídico, tratados desde su naturaleza de enciclopedista, desde una ponderación argumentada, desde la solidez que da ese poso de sabiduría que lo abraza y que irradia sin pretenderlo. Y como radiación de fondo, subyaciendo, su naturaleza boricua, ese orgullo genealógico que no necesita manifestar en cada párrafo, pero está.
En esta era donde impera la promiscuidad pública de las mentiras, de las descalificaciones, de la acentuación de ese yo, mí, me, conmigo al que aludía, voces como las de don Rafael debiesen cobrar un protagonismo especial para templar ánimos y para dejar que la razón prevalezca sobre el interés, la inteligencia sobre el arrebato, la serenidad sobre el impulso, aunque ... no soy del todo optimista, perdonen el desencanto.
Gracias por expresar su lucidez con esa claridad, don Rafael. Sigo queriendo parecerme a usted.
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