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Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del(a) autor(a) y no reflejan las opiniones y creencias de Microjuris o sus afiliados.
Por Johnniel Morales Ramos
Ser admitido e ingresar a la Escuela de Derecho suele narrarse como una victoria definitiva que garantiza plena ilusión y felicidad. La carta de admisión parece sellar una promesa que refleja que la oportunidad, por sí sola, basta. Pero pocas veces se cuestiona qué significa realmente "tener la oportunidad" cuando no todos llegamos desde el mismo lugar. Es como abordar un vuelo donde el destino final es la misma meta, pero el equipaje que cada uno de nosotros y nosotras cargamos, no lo es.
Con el pasaporte en mano hay quienes abordan con maletas repletas del equipo necesario: tiempo, respaldo económico, redes de apoyo y guía, buen estado de salud, espacios seguros para estudiar y aprender, y la seguridad de que este es un trayecto que familiares cercanos ya han recorrido. Otros abordamos con el equipaje estrictamente permitido: mentes cargadas, deudas económicas, problemas de salud, familiares enfermos y/o la carga de ser la primera persona que se adentra a la universidad, entre otros.
En mi caso, he abordado este vuelo con muchos sellos en el pasaporte: soy un hombre de color, gay, formado en escuelas públicas, proveniente de una familia y comunidad empobrecida y el primero en ir a la universidad. Además, atravieso el calendario académico con un diagnóstico de cáncer junto a la carga física, mental y emocional que esto implica. No menciono estos elementos como obstáculos heroicos ni como reproche, sino como lugar de enunciación, pues desde ahí he vivido, entendido y sostenido la experiencia jurídica y desde ahí se organiza mi relación con el estudio, el tiempo, la competencia y el rendimiento. Es desde ahí donde se revela una verdad que rara vez se nombra: que la oportunidad de entrar no siempre equivale a la posibilidad de sostenerse con la "excelencia" ideal.
Y es ahí donde la narrativa meritocrática pierde su color: el verdadero desafío no es entrar, sino sostenerse, permanecer y resistir el desgaste cotidiano que no aparece en los sílabos ni en los indicadores de rendimiento. La oportunidad vislumbra ser ese boleto que, aunque permite ingresar a un vuelo y asegurar un asiento, no garantiza la estabilidad del viaje. La narrativa meritocrática insiste en medirnos como si todos partiéramos desde el mismo punto, como si el esfuerzo fuera una variable aislada, desconectada del cuerpo, de la mente y de las circunstancias materiales que acompañan a cada estudiante. Y es bajo este lente que el vuelo debería considerar advertencias, habilitar un equipo de seguridad y reconocer que, metafóricamente, los periodos de tormenta y turbulencia azotarán a unos más que a otros.
Sostenerse, para muchas y muchos, implica estudiar mientras se trabaja, rendir exámenes en medio de tratamientos médicos, manejar condiciones de salud mental o trastornos de atención, y aun así responder a una cultura académica que premia la disponibilidad constante, la concentración ininterrumpida y la productividad sostenida. No se trata de una falta de mérito ni de compromiso; se trata de diferencias reales en las condiciones desde las cuales se ejerce ese mérito, y quizá, comenzar a romper esquemas y humanizar un poco más esta inevitable realidad, nos permita un viaje más ameno.
Cuando el sistema evalúa con una sola vara (el GPA, la rapidez, la resistencia, la competencia), asumimos que todo estudiante lleva el mismo combustible, que en el equipaje se carga con abrigo para los momentos de frío, salvavidas por si toca nadar, o mascarilla para cuando la oxigenación en la altura no fluya con facilidad. A veces, lo que la institución interpreta como "falta de disciplina" es falta de descanso; lo que se juzga como "poca dedicación" es exceso de sobrevivencia, y lo que podría verse como insuficiencia en realidad es falta de recursos para alcanzar esa supuesta excelencia. La desigualdad no siempre se ve en el salón, pero se siente en el cuerpo, en la cuenta bancaria y en el tiempo disponible.
Con el tiempo entendí que gran parte de mi formación no ocurrió dentro del salón, sino en aprender a sostenerme durante el trayecto. Ese aprendizaje, invisible ante el expediente académico, es el que hoy moldea la clase de abogado al que aspiro ser. Si algo deja claro este desarrollo es que el derecho no puede seguir pensándose desde la comodidad de un vuelo estable y predecible. Con esto, deberíamos aspirar a una profesión jurídica capaz de reconocer la complejidad humana, que no confunda resistencia con excelencia ni desgaste con debilidad. Después de todo, para hacer(le) justicia al otro la educación jurídica debe apelar al sentido de justicia entre nosotras y nosotros mismos, reconociendo las desigualdades de todo el que aborda este complejo, pero maravilloso vuelo.
A los estudiantes que, como yo, abordaron este vuelo sin red y un equipaje desigual: sepan que sostenerse también es una forma de excelencia, y que llegar cansado y lejos del perfil perfecto no es fallar. El equipaje que cargan, aunque no se contempla en las métricas institucionales, también forma juristas más asociados a la realidad.
A la academia, los que dirigen el avión, a quienes están en la cabina de mando, quizá es momento de reconsiderar y cuestionar lo que se entiende por éxito ante tanta desigualdad. Garantizar el boleto no basta si la ruta sigue asumiendo un solo tipo de pasajero. La igualdad formal de acceso no equivale a equidad real en el trayecto. Tal vez ha llegado el momento de revisar el manual, redistribuir el peso, reconocer que no todas las trayectorias requieren la misma altura ni el mismo ritmo para llegar al destino. ¿Qué tan dispuestos estamos a repensar el viaje para que más personas puedan llegar, no solo enteras, sino en dignidad y bienestar?
Hoy, a punto de aterrizar este vuelo como estudiante de Derecho de último año, abrazo esta reflexión con la esperanza de que las próximas generaciones lo puedan manejar. Al final, el derecho, como todo vuelo compartido, no se trata únicamente de despegar, sino de cómo decidimos volar juntos.
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