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Las columnas deben enviarse a mad@corp.microjuris.com y deben ser de 600-800 palabras.
Por el Lcdo. Jaime L. Sanabria (ECIJA-SBGB)
«Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar...». Lo que prosigue, ese «que es el morir», no tiene cabida en este tributo hacia alguien que, pese a que sus células murieron, va a permanecer grabado en nuestros conscientes y en nuestros subconscientes, y a continuar siendo un referente personal al que acudir cuando algún conflicto profesional, incluso personal, se ponga cuesta arriba.
Y escribo «nuestros», con conocimiento explícito, porque las palabras que han brotado de algunos amigos de Pedro José Cruz Pérez, disfrazados de compañeros de trabajo, destilan ese aroma de permanencia intemporal que contraviene su muerte.
Jorge Manrique, el poeta autor de los versos que encabezan este texto, rimaba también en la estrofa final de las «Coplas por la muerte de su padre» unas palabras que encajan con precisión en lo que la esencia de este texto quiere transmitir acerca de la estancia de Tito, como lo llamaba su gente más cercana, en este planeta hermoso que habitamos que algún antepasado etimológico bautizó como Tierra:
Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer,
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria,
y aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.
Aunque las estructuras sintácticas sean antiguas, aunque ya no se escriba de esa forma, incluso aunque la acentuación sea distinta a la actual, el trasfondo recoge lo que siento y sentimos a esta hora de darle el abrazo póstumo a un Pedro al que siempre le sobraba uno para destinárselo a quien ni siquiera se lo pedía.
Incluso la palabra «criados», por fortuna en desuso en estos tiempos que deberían tender a la igualdad entre los seres humanos, se ajusta a la coyuntura emocional en sentido metafórico porque, cuando supimos de su enfermedad terminal, también quienes no formamos parte de su familia consanguínea, sin excepción, nos pusimos a su disposición para servirle, para reforzar su ganas inmensas de vivir, para apoyar su empeño por vencer a un invasor que se había inmiscuido y hecho fuerte en lo más profundo de su citoplasma, para donarle una parte no alícuota de nuestro afecto que, en ningún modo, compensaba el que él nos había donado por años desprendidamente.
Poseedor de un bagaje docente y profesional extraordinario; erudito, honesto, trabajador y profundo, Pedro solía tener no solo respuestas apropiadas, sino preguntas más apropiadas todavía para resolver controversias complejas. Su alto nivel de preparación y profundidad, bien en su época de trabajo presencial, bien en la remota, aportó a ECIJA SBGB, como ente y a cada uno de sus integrantes, una sobredosis de serenidad, un modo de afrontar las dificultades con alegría, generosidad, lucidez, experiencia, conocimiento y sabiduría.
Aunque soy consciente que, en los momentos aledaños a la pérdida, las palabras intensas propician un mayor despeñe de lágrimas entre los seres amados del río recién desembocado en el mar de la eternidad, confío en que si alguno de ellos las releyera pasado el tiempo del dolor abrupto, ayuden a promover esa sonrisa tibia en uno de esos atardeceres puertorriqueños, tan nuestros, tan suyos, perfumado con ese olor inequívoco y boricua de la lluvia recién caída.
En estos momentos, suena de fondo en mi oficina la canción «La cuna blanca» de Raphy Leavitt mientras escribo; se me aparece mi mamá porque ella también me puso en el mapa la pieza musical para algún día despedirse de mí con la paz íntima de quienes aceptan sus destinos sin estridencias lacrimógenas. Y si ella no me permitió llorar, tampoco yo lo voy a hacer por Pedro, aunque me caiga una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes, como vertió en su Elegía, Miguel Hernández.
Pedro, espero que en la dimensión – o en el asteroide – en donde estés, en donde recales, te llegue que no sentimos tu vacío, porque no vamos a permitirnos que nos abandones. Acudiremos a la gran cantidad de ejemplos prácticos que nos dejas para recordarte y, de paso, pedirte consejo.
Así que no vayas a creer que nos vas a perder de vista, compañero, porque parafraseando al mismo poeta de las «hachas estridentes» (y te pido disculpas por recurrir nuevamente a la poesía):
Ante Pedro los días se abstienen ya y no andan.
no temáis que se extinga su sangre sin objeto,
porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan
aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
Eso sucederá contigo, que el tiempo agrandará nuestra perspectiva de ti.
Estamos cerca, insisto, compañero; no dejes de escucharnos porque te vamos a seguir poniendo al día sobre nuestras vidas y a solicitarte opinión cuando la cuesta esté empinada. Sabemos en qué mar desembocas; sus aguas tienen la tonalidad de quienes obraron de manera honesta, el oleaje manso, como tu dicción, como tu claridad, como tus formas y maneras.
Mantennos también informado de cómo va el cielo, ahora que te mudaste a él, en materia de derechos.
Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del(a) autor(a) y no reflejan las opiniones y creencias de Microjuris o sus afiliados.